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miércoles, 29 de octubre de 2014

PRÓXIMO CURSO DE NEUROFEEDBACK

                         
                                                   BOGOTÁ, NOVIEMBRE 2014:
                                

martes, 27 de noviembre de 2012

Estrategias para cuidar las mentes en desarrollo de nuestros hijos

                          


Como padres tenemos un papel clave y definitorio sobre el desarrollo emocional de nuestros hijos - es a través de nuestra relación con ellos que ejercemos dicha influencia. Si tomamos conciencia de este hecho, podemos dar una dirección y una intención a esta interacción, con el fin de poner lo que esté a nuestro alcance para que nuestros hijos se conviertan en individuos lo más sanos posible, psicológicamente hablando. Unas relaciones positivas madre-hijo y/o padre-hijo son el mejor predictor de felicidad, salud, sabiduría, y larga vida para ellos.
A nivel del sistema nervioso central, la salud se basa en el nivel y calidad de  integración de las diferentes partes o áreas del cerebro. A mayor integración, más salud y mayor capacidad de autorregulación. A menor integración más caos, más rigidez, o ambas cosas. Esto último es lo que prevalece en los síntomas que conforman los trastornos y síndromes mentales.

Dos formas de integración del cerebro claves son: entre el hemisferio izquierdo y el hemisferio derecho, y entre la corteza cerebral (manto exterior del cerebro) y las áreas subcorticales (todo lo que yace bajo la corteza: áreas límbicas y tallo cerebral). Hay ciertas estrategias que podemos practicar dentro de la relación con nuestros hijos que favorecen la integración entre el hemisferio izquierdo y el hemisferio derecho, y entre la corteza cerebral y las áreas subcorticales. Para simplificar podemos pensar en una integración izquierda-derecha y arriba-abajo, la cual redunda en un sistema crecientemente sano, flexible, y capaz de autorregularse de una manera eficiente.

Una clave es sintonizarnos con el estado interno de nuestros hijos. Los niños viven diferentes experiencias permanentemente y nosotros estamos en la capacidad, a través de nuestra interacción, de conectarnos con lo que ellos están realmente pensando y sintiendo. No se trata de responder al comportamiento de nuestros hijos sin conectarnos, sino de sintonizarnos con su vida mental, con lo que está sucediendo en su interior, sin juzgarlos. Cuando hay una carencia de esta conexión, el niño se siente aislado y agitado y lo vive como una humillación, que puede despertar en ocasiones, sentimientos de vergüenza, y hasta reacciones de ira. Una vez nos hemos alineado con el estado de nuestro hijo, entonces podemos proceder a redirigirlo hacia una opción diferente de la que ellos estaban albergando. Un ejemplo práctico sería: si su hijo está triste y desilusionado porque su amigo no vino a jugar con él, vamos a reconocer y a honrar su dolor, manifestándole que comprendemos lo frustrante que esta experiencia debe ser para él, y luego podemos redirigirlo dándole otra opción, por ejemplo, diciéndole que puede sacar su juguete favorito y jugar con su hermano. Ojo con reaccionar quitándole importancia a su dolor, o comentándole lo desagradecido que es, o que lo que le sucedió es una “bobada”, etc. La idea es respetar los sentimientos de nuestros hijos momento a momento, y ser empáticos con estos. Y a partir de ahí, podemos ayudarlos a reenfocar su atención hacia otra cosa.

Otra clave para nutrir la mente en desarrollo de nuestros hijos es el ayudar a poner palabras a las sensaciones emocionales y corporales que ellos experimentan. Ayúdele a que “echen el cuento” de lo que les está sucediendo, de algún evento o situación particular que pudo haber sido significativa. Que le pongan palabras a las emociones (“me enojó mucho”, “me dio miedo”, “me dio alegría”, “sentí como pesar”…), e invítelos a que describan las sensaciones (“me dieron escalofríos”, “sentí como mariposas en el estómago”, “me sudaban las manos”, “el corazón me latía durísimo”…). Promuévales que narren la historia de lo que pasó, que expresen lo que están sintiendo.
Estas estrategias colaboran con la integración izquierda-derecha y arriba-abajo. El hemisferio izquierdo se especializa en la palabra; es el hemisferio intérprete, y el que narra la historia de nuestras vidas en una forma coherente y linear. En el hemisferio derecho predominan los elementos viscerales y emocionales. Cuando el niño pone en palabras las sensaciones viscerales y emocionales, ambos hemisferios están trabajando juntos. Cuando se articula la palabra al mundo interior, todo el sistema se calma, porque estamos ejercitando y participando de la integración entre la corteza cerebral, que es la parte más racional y la que coordina e inhibe a las áreas subcorticales, y estas últimas, que manejan la experiencia de tipo más emocional y corporal, y las encargadas de la respuesta fisiológica ante el estrés. Lo subcortical queda representado en lo cortical a través de la palabra.

De manera que las anteriores son estrategias que podemos practicar en la relación con nuestros hijos que, desde un punto de vista neurofisiológico, están apoyando la integración de las diferentes áreas del cerebro: arriba-abajo, izquierda-derecha. Desde el punto de vista del resultado, la integración es la base de la salud. Lo que emerge de esta integración es un sistema que fluye, que se ajusta, que es flexible, capaz de autorregularse, lo cual equivale a un individuo psicológicamente sano.

miércoles, 2 de mayo de 2012

La Neuroplasticidad

Nuestros cerebros organizan la totalidad de nuestra experiencia. El mejorar el funcionamiento de nuestro cerebro es un paso decisivo hacia lograr la vida que queremos, porque los verdaderos cambios se logran de adentro hacia afuera. Si logramos alterar nuestras conexiones neuronales, entonces estaremos cambiando nuestra fisiología y nuestra experiencia psicológica. Pero, ¿es esto posible?
El cerebro no es un órgano ni predeterminado ni inmodificable, sino mas bien, un órgano de adaptación. El cerebro es construido y esculpido una y otra vez, neurona por neurona, a partir de una mezcla interactiva entre nuestra programación genética y las influencias ambientales. A su vez, el moldeamiento arquitectónico de cada cerebro determina el perfil de todas nuestras experiencias. Este principio puede ser entendido como un circuito sin fin, que se retroalimenta permanentemente.
Las neurociencias se encargan precisamente de estudiar el funcionamiento y la organización del cerebro y el sistema nervioso central en general, cómo los diferentes elementos en este interaccionan y dan origen a la conducta, y cómo es que las experiencias reconstruyen a este cerebro una y otra vez.
El revolucionario descubrimiento de que el cerebro humano es asombrosamente plástico a lo largo de todo el ciclo de vida y que puede ser transformado, sin necesidad de una intervención quirúrgica o medicamentos, es muy reciente.
Reversar el daño que nuestros cerebros puedan haber experimentado, o estén experimentando es posible. Por cientos de años la ciencia y la medicina creyeron que, al culminar la infancia, el cerebro solo volvía a cambiar para iniciar un largo proceso de declive, y que cuando las neuronas no se desarrollaban adecuadamente, o cuando se lesionaban, o morían, no podían ser remplazadas. Tampoco se creía que fuese posible que el cerebro pudiese alterar su estructura y hallar un nuevo patrón de funcionamiento si se genera un daño en alguna de sus partes. Prevaleció por muchísimo tiempo el paradigma de un cerebro inmodificable, con circuitos y redes permanentes diseñadas para desempeñar una función específica incambiable; una máquina gloriosa y capaz de hacer cosas extraordinarias, pero incapaz de cambiar o crecer (y por ende, un ser humano igualmente incapaz de cambiar y crecer).
Todos estos paradigmas, para nuestra ventaja, pertenecen al pasado.
Virginia Rojas Albrieux

viernes, 4 de noviembre de 2011

Sobre el Lado Oscuro de la Ritalina y sus efectos a Largo Plazo

El siguiente escrito pretende ser un resumen de varios años de estudios del uso de estimulantes como la Ritalina y otros en niños diagnosticados con déficit de atención y sus efectos a corto y a largo plazo.
En los Estados Unidos 3.5 millones de niños americanos toman estimulantes para el déficit de atención. Según el Centro de Control de Enfermedades en 2007 de este país, uno de cada veintitrés niños americanos entre los 4 y los 17 años están medicados con estas drogas. En Colombia, no existen estadísticas estatales respecto al consumo de Ritalina. A pesar de ser un medicamento de venta restringida en el país, su uso ha aumentado al igual que el debate respecto a sus efectos.
Curiosamente, en los Estados Unidos el déficit de atención se incluyo como una discapacidad en 1991 gracias a las gestiones de CHADD, un grupo de apoyo para pacientes con déficit de atención fundado por la empresa farmaceútica Ciba-Geigy (!). CHADD comenzó a difundir a partir de 1990 que el déficit de atención se debía a un desequilibrio químico caracterizado por un sistema dopaminérgico (del neurotransmisor dopamina) subactivado. Por supuesto, acompañada a esta afirmación, se informaba al público que la Ritalina y otros estimulantes incrementan los niveles de dopamina en los espacios sinápticos (donde se produce la comunicación entre neuronas), y que estas drogas “normalizaban” la química cerebral. Lo que no se publicitaba era que, en 1997, el Textbook de Neuropsychiatry de la American Psychiatric Press confesó que “los esfuerzos por identificar un desequilibrio neuroquímico en niños con déficit de atención han sido decepcionantes”.
Debido a que la biología del déficit de atención aún no se comprende completamente, lo que la Ritalina y otras drogas hacen sobre el cerebro es perturbar los sistemas de los neurotrasmisores, inhibiendo la recaptación de la dopamina. (para que este neurotransmisor permanezca por más tiempo en el espacio sináptico). La cocaína actúa sobre el cerebro de la misma manera. La diferencia con la Ritalina es que la cocaína se despeja más rápidamente y por esto es de más corta duración, haciendo que el adicto quiera experimentar nuevamente el estado eufórico. La Ritalina o metilfenidato por su parte se despeja en forma más lenta.
En respuesta al metilfenidato , el cerebro del niño sufre una serie de adaptaciones compensatorias. Debido a que ahora la dopamina está permaneciendo por períodos de tiempo muy largos (a consecuencia de la Ritalina), el cerebro del niño disminuye su producción de este neurotransmisor. El cerebro está ahora trabajando en una modalidad tanto cuantitativa como cualitativamente diferente al estado normal.
Por supuesto que la Ritalina y otras drogas utilizadas en el déficit de atención cambian la conducta del niño. Según un estudio del psicólogo Herbert Rie en 1978 con veintiocho niños con déficit de atención en tratamiento con Ritalina, estos se observaron durante la evaluación, “planos” emocionalmente, y carentes de variedad y frecuencia de expresión emocional propia de la edad. Respondían menos, exhibían menos o ninguna iniciativa o espontaneidad, manifestaban muy pocas indicaciones de interés o aversión, mostraban nula curiosidad, sorpresa, o placer y se les veía carentes de humor. Las situaciones graciosas o comentarios jocosos les pasaban desapercibidos. En resumen, mientras los niños estaban bajo tratamiento con estas drogas, estaban relativa, pero indudablemente, indiferentes, carentes de humor y apáticos.
Los niños que están tomando Ritalina, según el psicólogo Russel Barkley (1978), presentan un aumento del juego solitario y una correspondiente reducción en su iniciativa hacia las relaciones sociales. Según la psicóloga Nancy Fiedler (1983) hay una reducción en su curiosidad por el ambiente, y generalmente, según el pediatra Till Davy (1989), “pierden su chispa”. Según un equipo de psicólogos de la Universidad de California (1993), los niños tratados con estimulantes se tornan con frecuencia “pasivos, sumisos, y retraídos socialmente”. El psicólogo James Swanson (1991) describe a algunos de los niños bajo efectos de la droga como que “parecen zombis”. Los editores de el Oxford Textbook of Clinical Psychopharmacology and Drug Therapy explican que los estimulantes frenan la hiperactividad “reduciendo el número de respuestas comportamentales.”
Si bien es cierto que a los maestros y profesores les “funciona” que estos niños tomen estimulantes, la pregunta es si realmente les ayuda a los niños dicho tratamiento. La psicóloga Deborah Jacobvitz (1990) reportó que los niños tomando Ritalina se catalogaban como “menos felices y menos satisfechos con ellos mismos y más disfóricos (cambios repentinos y transitorios del estado de ánimo, tales como sentimientos de tristeza, pena, y/o angustia). Jacobvitz dice también que cuando se trata de ayudar a un niño a hacer amigos y de mantener amistades, los estimulantes producen pocos efectos positivos significativos y una gran incidencia de efectos negativos. Otros investigadores resaltan cómo la Ritalina daña la autoestima de los niños, debido a que estos sienten que deben ser “malos” o “tontos” si necesitan tomar una pastilla. El psicólogo Alan Sroufe (1973) dice que el niño deja de creer en la salud de su propio cerebro y cuerpo, y en su creciente habilidad para aprender y controlar su comportamiento, para depender de “mi pastilla mágica que me convierte en un niño bueno”.
Por otro lado, algunos investigadores llegaron a la conclusión que tomar Ritalina no ayuda a que los niños hiperactivos que la toman se desempeñen bien en lo académico. Sroufe (1973) explica que la droga ayuda en la ejecución de tareas repetitivas o rutinas que requieran de atención sostenida, pero no mejora ni el razonamiento, ni la resolución de problemas, ni y el aprendizaje; al contrario, pareciera entorpecerse la habilidad para resolver problemas. Es decir, que los estimulantes producen un efecto sobre la manejabilidad en clase, más no en el desempeño académico.
Cuando los investigadores han querido determinar si los estimulantes ofrecen beneficios a largo plazo a los niños con déficit de atención, la conclusión es que no se encuentra ningún beneficio. Al contrario, cuando dejan de tomar la Ritalina, los comportamientos que los caracterizan se han exacerbado (por ejemplo la excitabilidad, la impulsividad y el hablar excesivo)! En una edición del Textbook of Psychiatry de la APA (1994) se admite que “los estimulantes no producen mejoría duradera en la agresividad, el trastorno de conducta, la criminalidad, los logros académicos, el desempeño laboral, las relaciones de pareja, o los ajustes a largo plazo.”
Los estimulantes causan una gran cantidad de efectos adversos tanto físicos, como emocionales y psiquiátricos, que incluyen: mareos, pérdida del apetito, letargo, insomnio, dolores de cabeza, dolor abdominal, anomalías motoras, tics, rechinar de dientes, problemas de la piel, trastornos del hígado, pérdida de peso, supresión del crecimiento, hipertensión, y muerte cardíaca súbita, depresión, ansiedad, apatía, embotamiento general, cambios de humor, crisis de llanto, irritabilidad, sensación de hostilidad frente al mundo, síntomas obsesivo compulsivos, manía, paranoia, episodios psicóticos, y alucinaciones. También se produce una reducción del flujo sanguíneo y del metabolismo de la glucosa en el cerebro.
En conclusión, la Ritalina y sus pares alteran el comportamiento de los niños hiperactivos a corto plazo de una forma en que algunos padres y profesores hayan benéfica; sin embargo estos medicamentos deteriora la vida de ellos de muchas maneras, y pueden tornarlos en adultos con una capacidad reducida de experimentar gozo.

jueves, 15 de septiembre de 2011

A Propósito del Estrés Postraumático y los Soldados Olvidados de Colombia

A propósito del artículo publicado por la revista Semana el 10 de Septiembre “Los Olvidados de la Patria”: http://www.semana.com/nacion/olvidados-patria/163925-3.aspx, pensaba yo en cuantas personas en nuestro país estarán padeciendo del doloroso trastorno de estrés postraumático y cómo de alguna manera, este mal de miles, afecta indirectamente a muchos más.
El estrés postraumático es un trastorno psicológico que sobreviene como consecuencia de la exposición a un evento traumático que involucra generalmente un daño físico, o en algunos casos, un profundo trauma psicológico o emocional. El factor estresante puede involucrar la muerte de alguien, alguna amenaza a la vida de la persona o de alguien más, un grave daño físico, o algún otro tipo de amenaza a la integridad física o psicológica, a un grado tal, que las defensas mentales de la persona no pueden asimilarlo. Como bien lo refiere el artículo, la persona afectada padece normalmente de insomnio, depresión, ataques de ira, falta de concentración, re-experimentación del evento traumático (flashbacks), irritabilidad, ataques de pánico, agotamiento, etc.
La solución que se les está dando a estas personas (si logran que alguien les de alguna atención) es a nivel psiquiátrico; es decir, les formulan una gran cantidad de drogas psiquiátricas, que si bien en algunos casos pueden aquietar algunos de los síntomas, también hay infinidad de efectos secundarios. Estos pacientes quedan bastantes incapacitados para trabajar, para emprender algún proyecto, sus familias frecuentemente se destrozan porque se vuelve muy difícil convivir con ellos, y en fin, a la víctima la vida se le convierte en una tortura. Muchos de estos pacientes terminan alcoholizados, drogadictos, completamente desquiciados, y se eleva para ellos el riesgo de suicidio. Es doloroso saber el poco apoyo que les estamos brindando a estas personas a quienes tanto les debemos, y es lamentable cómo terminan generalmente estas vidas.
En Colombia el estrés postraumático no solo lo padecen muchos de los actores directos del conflicto armado (soldados, policías, guerrilleros, paramilitares, secuestrados,…), sino también, otros que nada tienen que ver, son susceptibles de contraer este trastorno, como por ejemplo, los habitantes de la poblaciones afectadas por la guerra, las mujeres y niños víctimas de maltrato (violencia intrafamiliar), las víctimas de abuso sexual, etc.
En los Estados Unidos estamos trabajando exitosamente con los soldados que vuelven de la guerra a través de un método no convencional: el Neurofeedback. Este programa adelantado por la compañía EEG Info, que están adoptando cada vez más, en diferentes bases militares del país, es un entrenamiento de la función cerebral basada en información derivada del electroencefalograma. A través de este entrenamiento, se puede lograr una recuperación rápida de los síntomas que acompañan el trastorno de estrés postraumático, que incluyen: problemas de sueño, dolor, irritabilidad, ataques de ira y furia, así como también trastornos cognitivos. El entrenamiento también puede ayudar a recuperar a los soldados en la recuperación de la dependencia de las drogas, el alcohol, y el cigarrillo.
El entrenamiento está basado en el reforzamiento de una mejor regulación del comportamiento cerebral a partir del EEG (electroencefalograma). La repetición de este ejercicio durante un cierto número de sesiones conlleva típicamente a una mejoría de la función cognitiva y el control emocional.
El trabajo está orientado de forma tal que se ajusta a la orientación natural del soldado a entrenarse en un programa que busca mejorar el desempeño.
Neurofeedback, un tratamiento de avanzada, ya ha demostrado que está mejorando drásticamente la calidad de vida de los militares en los Estados Unidos y está permitiendo que estos vuelvan a ser parte de la fuerza laboral de este país al devolverles a estas personas, su funcionalidad. Es urgente que este sistema ya salga a la luz y se masifique a nivel mundial, sobre todo en los países donde hay conflicto armado y violencia extrema.
Para más información:
http://youtu.be/Cb3fbriq2SU
http://youtu.be/Ollhn9edDcQ
http://youtu.be/aVF0l9lQYyw
http://youtu.be/jzXPV92cvSg
Dra. Virginia Rojas Albrieux
Psicóloga Universidad Javeriana
Othmer Method Certification