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lunes, 18 de abril de 2016

LO QUE TAL VEZ NO SABEMOS SOBRE EL ALZHEIMER

Las enfermedades degenerativas son afecciones generalmente crónicas que involucran una pérdida progresiva de células nerviosas (o neuronas) y que en consecuencia derivan en una serie de signos y síntomas a nivel neurológico. Dentro de las enfermedades degenerativas se encuentran las demencias progresivas – siendo la más preponderante (60%) la enfermedad de Alzheimer. Se estima que en todo el mundo hay alrededor de 24 millones de personas con Alzheimer.
  
La persona que padece de Alzheimer presenta un deterioro a nivel cognitivo, cambios desadaptativos en su comportamiento y de la personalidad que van en aumento. Eventualmente la persona pierde su “libre albedrío” y ya no tiene acceso a su ser total.

El Alzheimer es diagnosticado a través de una evaluación médica exhaustiva. No existe ningún examen que muestre si una persona efectivamente lo padece. Sin embargo, hay una prueba de sangre que identifica si se tiene la apolipoproteina E4, o gen E4, lo cual representa un riesgo mayor de desarrollar Alzheimer (entre 2.5 a 5 veces más). El 25% de la población presenta este gen. En general, los asesores genéticos no recomiendan hacer este examen, ya que el tener el gen E4 no confirma si se desarrollará o no el Alzheimer, sino solo que se tiene una mayor probabilidad.

El 95% de las personas que tienen Alzheimer no se les diagnostica sino hasta que la enfermedad se encuentra en etapa de moderada a severa.

Es importante saber que tener problemas con la memoria no significa que se tenga Alzheimer. Varios problemas de salud pueden causar problemas con la memoria y el pensamiento. Cuando síntomas similares a la demencia son causados por condiciones tratables –como la depresión, interacciones entre medicamentos, problemas de la tiroides, el uso de alcohol en exceso, o ciertas deficiencias de vitaminas– éstos pueden ser revertidos. Por otro lado, es esperable un cierto grado de declive cognitivo que viene con la edad y que podría comenzar a manifestarse a partir de los 50 años.

La exposición a ciertos tóxicos pueden ser factores detonantes en una persona con riesgo de desarrollar Alzheimer. Desde el mercurio (neurotóxico) encontrado en casi todos los pescados y los empastes dentales (amalgamas), hasta los preservantes de las vacunas, son areas controvertidas que deben ser consideradas.

Por ejemplo, en un estudio conducido por el Dr. Hugh Fudenberg (inmunogenetista), se reportó que las personas que se habían puesto 5 vacunas contra la Influenza consecutivas aumentaban el riesgo de Alzheimer 10 veces comparado con las personas que se aplicaban la misma vacuna una, o dos veces, o no se la ponían. La explicación que da el Dr Fundernberg a este hecho es que el mercurio y aluminio que estas vacunas poseen resulta tóxico para el cerebro.

Otros elementos cuestionados en esta misma línea son los endulzantes artificiales (sustitutos del azúcar) y el glutamato monosódico o MSG (realzante del sabor presente en muchos alimentos procesados, “paquetes”, cubitos, sopas de sobre, etc.).

Por otra parte, es bien sabido que las personas que se mantienen activas mentalmente, comparadas con las que no lo hacen, reducen la posibilidad de desarrollar Alzheimer a una tercera parte. Así lo comprueba, entre muchas otras, una famosa investigación denominada el “Estudio de las Monjas”, en la cual Rush University Medical Center de Chicago estudiaron a 801 monjas adultas mayores involucradas en actividades mentalmente estimulantes y la forma como evolucionaron sus historias cognitivas.  También se concluyó que, en general, las personas mentalmente activas reducen su declive cognitivo relacionado a la edad en habilidades mentales generales en un 50%, en concentración y atención en un 60%, y en velocidad de procesamiento en un 30%. Lo anterior se entiende por un principio muy conocido dentro de las neurociencias: “úsalo o piérdelo”. Este hace referencia a que los circuitos neuronales terminan muriendo si no están en actividad. Asimismo, otros estudios afirman que las personas con mayor nivel educativo tienen menor riesgo de padecer Alzheimer y declive cognitivo.

El ejercicio, entre sus incontables beneficios, tiene la capacidad de disminuir el riesgo de Alzheimer. Por un lado, porque mejora el sistema circulatorio ayudando a mantener un mejor flujo sanguíneo hacia el cerebro (y todo el cuerpo), aumentando la entrega de glucosa y oxigeno. También se reduce el daño de neuronas por sustancias tóxicas. Adicionalmente, el ejercicio protege el hipocampo de condiciones altamente estresantes, lo cual mata las células de esta estructura deteriorando la memoria.

En los últimos años se ha reportado que la vitamina E podría ser un factor protector en la demencia. Se ha reportado que tomada en dosis altas (1000 I.U. dos veces al día) en personas que ya tienen síntomas de Alzheimer, la vitamina E retarda el progreso de la enfermedad en un año. Y en dosis de 400 I.U. o más por día reduce el declive cognitivo normal en los individuos. Junto con la vitamina E, la vitamina C, también tomada en dosis altas, se ha asociado a una disminución de 20% menos de posibilidades de desarrollar Alzheimer.



jueves, 8 de octubre de 2015

El Cerebro determina todo lo que hacemos

El cerebro determina todo lo que hacemos: desde cómo pensamos hasta cómo nos sentimos, cómo nos comportamos y cómo nos relacionamos con los demás.

Debido al rol primordial y definitivo que nuestro cerebro determina para nuestras vidas, es importante educarnos sobre él y sobre cómo podemos cuidar de nuestra salud cerebral. Hay una serie de creencias que desdibujan la forma cómo entendemos el cerebro y por ende quisiera discutir algunas de ellas en tres puntos:

Primero: Nuestra genética determina menos de un tercio de la salud de nuestro cerebro a lo largo de nuestra vida. Es errado pensar que los genes son un factor determinante en nuestra salud cerebral. El estilo de vida es clave y de gran influencia sobre nuestros destinos, debido a que, si bien la genética ofrece unas tendencias, la plasticidad cerebral permite que el cerebro este en permanente moldeamiento – y esto es algo que podemos utilizar para nuestro beneficio o en contra. Somos escultores de nuestro cerebro, en la medida en que con cada acción, pensamiento y sentimiento estamos moldeando este muy plástico órgano fantástico – bien sea que nos lo estemos proponiendo o no. El reto entonces está en aprovechar esta característica de la función y estructura cerebral para mejorar nuestra vida personal, familiar y profesional, y retrasar posibles vulnerabilidades como la demencia.

Segundo: El Alzheimer, tipo de demencia más común en los adultos mayores, si bien aún no se demuestra que pueda ser evitado, sí es posible retrasar significativamente su aparición según el National Insti­tute of Health. El ejercicio físico, y mantenernos activos cognitivamente, combinado con una dieta saludable, pueden pro­te­ger nue­stros cere­bros a través de la lla­mada reserva cerebral. De manera que sí tenemos medios para influir sobre esta enfermedad.

Tercero: Frecuentemente algunas personas dicen que “Sólo utilizamos el 10% del cerebro”. La verdad es que usamos todo nuestro cerebro ( o prácticamente todo), solo que no necesariamente todos los circuitos están activados al mismo tiempo ni permanentemente. Por otro lado, debido a lo variadas que son las actividades en la vida de una persona, todos los circuitos se utilizan con mucha regularidad. Nuevamente, cuanto más expuestos estemos a desafíos cognitivos, y a un estilo de vida saludable, donde se le da merecida importancia al sueño, a la buena alimentación, al ejercicio, y al cultivar relaciones interpersonales  sanas, nuestro cerebro tenderá a funcionar de una manera mucho más integral a nivel de sus diferentes circuitos y redes neuronales, favoreciendo la salud cerebral. Y a más salud cerebral, más salud mental, equilibrio emocional, resiliencia, comportamientos más adaptativos y adecuados, y mejor calidad de vida!


domingo, 29 de marzo de 2015

Estimule su Salud Cerebral: Cómo Reducir el Riesgo de Alzheimer

El cerebro es un órgano maleable y capaz de cambiar. La “plasticidad cerebral” de la que tanto se habla por estos días, no es más que la posibilidad que tiene el cerebro de reorganizarse y generar nuevos circuitos neuronales. Esta es la base del aprendizaje. 

Durante años, la sabiduría popular ha indicado que a medida que envejecemos, inevitablemente, nos vamos tornando olvidadizos. Sin embargo, los últimos estudios en este tema demuestran que este hecho no es una sentencia, sino que depende de una serie de factores, la mayoría de los cuales están afortunadamente, bajo nuestro control.

Uno de los descubrimientos con relación a los factores que disminuyen el riesgo de los síntomas del Alzheimer- uno de los tipos de demencia más frecuentes- por ejemplo, son que a mayor educación e involucramiento en actividades mentalmente estimulantes, menor posibilidad de padecerlo. Esta premisa es applicable también a aquellas personas que tienen familiares cercanos que padecen esta enfermedad. Dice el doctor Daniel Amen, en su libro Making a Good Brain Great, que “cuanto más lo usemos, más lo puedes usar”!

La salud cerebral por ejemplo, está influenciada por el ejercicio, ya que este reduce el riesgo de demencias relacionadas a eventos vasculares en un 40% y de discapacidad cognitiva relacionada a cualquier causa en un 60% (según estudio de University of Lisbon).

El aprendizaje de cosas nuevas- leer, aprender a tocar un instrumento, un nuevo idioma, jugar un juego de mesa con un grupo de amigos, etc. promueven actividades desafiantes para el cerebro, lo cual aumenta el número de neuronas y de conexiones entre ellas. The New England Journal of Medicine determinó que los adultos mayores que se involucran en actividades de este tipo frecuentemente (una vez por semana) reducen el riesgo de demencia (63%).

La alimentación es otro factor contribuyente en la cognición y su evolución. Lo que comemos impacta directamente la función cerebral. Se ha podido determiner por ejemplo, que la “comida chatarra” genera confusion mental. Una dieta sana para el corazón es sana también para el cerebro, optimizando su salud a largo plazo y reduciendo el riesgo de Alzheimer entre un 38 a un 48% (estudio de Columbia University).

Un estudio del Rush Alzheimer’s Disease Center encontró que las personas que tienen propósito(s) y sentido de vida son menos propensas a desarrollar Alzheimer o incluso deterioro cognitivo leve. El trabajo y la familia pueden suministrar esto, al igual que otras actividades.

El sueño es clave para restaurar la energía mental. Es durante el sueño donde puede ocurrir toda reparación y sanación. Las habilidades de planeación, aprendizaje, solución de problemas, concentración y memoria están directamente relacionadas al sueño.   

La meditación es una herramienta grandiosa para fortalecer las conexiones neuronales, para procesar información más rápidamente, y para desacelerar algunos de los aspectos del envejecimiento cognitivo, según la University of California.

Por último, fumar, un bajo nivel educativo, la falta de ejercicio, la depresión y la diabetes de la edad adulta, junto con la obesidad y la tensión alta, son factores que aumentan el riesgo de Alzheimer.

De manera que, si bien hay factores de riesgo- como la edad y la historia familiar- que están fuera de nuestro control, existe creciente evidencia de que sí podemos manejar otra gran cantidad de factores relacionados a nuestro estilo de vida que disminuyen notablemente el riesgo de padecer Alzheimer.

Por ultimo, el neurofeedback  es capaz de mejorar las funciones cognitivas en personas sanas,  y es capaz de estabilizar el desempeño de pacientes con Alzheimer. También podemos pensar en Neurofeedback como una forma adicional de prevenir el Alzheimer, y las demencias y el declive cognitivo en general (estudio The Effectiveness of Neurofeedback on Cognitive Functioning in Patients with Alzheimer s Disease de Robin Elisa Luijmes University of Tilburg, 2013).


jueves, 5 de mayo de 2011

Enfermedades neurológicas, condiciones psiquiátricas y alimentación

El cerebro humano demanda una gran cantidad de energía y flujo sanguíneo para funcionar óptimamente. Es por esta misma razón que es altamente vulnerable a lo que se denomina el estrés oxidativo. Los procesos electroquímicos involucrados en la actividad cerebral generan químicos denominados radicales libres, responsables del proceso de oxidación o estrés oxidativo.
Para contrarrestar el estrés oxidativo, el cerebro posee un sistema de defensas antioxidantes, el cual combate los radicales libres, tanto destruyéndolos como previniendo su formación. Esto es un proceso natural del organismo y, si se quiere, un proceso adaptativo; sin embargo, las cosas se complican cuando la producción de radicales libres desborda la capacidad de defensa del sistema, o cuando el sistema está trabajando sobre la base de una alimentación de baja calidad, o baja en antioxidantes. Esta situación influye negativamente sobre, nada más y nada menos que: el proceso de envejecimiento y las condiciones neurodegenerativas. Resulta que recientes estudios asocian el estrés oxidativo con enfermedades neurológicas y condiciones psiquiátricas, específicamente con: el Alzheimer, la esclerosis lateral amiotrófica, los trastornos de ansiedad, el déficit de atención con hiperactividad, el autismo, el síndrome de fatiga crónica, la demencia, la depresión, la fibromialgia, la enfermedad de Hungtington, la esclerosis múltiple, la esquizofrenia, y en general se reconoce que tiene un efecto nocivo sobre el comportamiento y la cognición, por alterar el funcionamiento de las células cerebrales.
El bajo consumo en nuestra dieta de alimentos protectores tales como las frutas, los vegetales, los granos enteros y la fibra, y algunas bacterias benéficas halladas en ciertos alimentos, conlleva a daño celular porque los radicales libres deterioran por oxidación, componentes de las células cerebrales y, aún más trascendental, dañan nuestro material genético (ADN).
Los antioxidantes alimenticios ayudan a frenar el daño celular y preservan una función cerebral óptima, en el presente y para el futuro. El estrés oxidativo y la falta de antioxidantes en la dieta está asociada a bajos niveles de energía, e interfiere con las funciones cognitivas.
Un paso hacia el mejoramiento de nuestro sistema de defensas antioxidantes consiste en una buena ingesta de alimentos antioxidantes para combatir los radicales libres e influir positivamente sobre las células cerebrales. Una dieta rica en muchos colores de verduras y frutas es altamente recomendable. De 5 a diez porciones diarias es la dosis indicada. Por otro lado, las nueces, la canela, los clavos, la mostaza y el chili también poseen una altísima actividad antioxidante. Las hierbas culinarias como la albahaca, el orégano, y el perejil son poderosos antioxidantes, al igual que el chocolate negro (en moderación por ser muy calórico). Adicionalmente, el aceite esencial Omega 3 (cuya forma de consumo más fácil es a través de suplementos de este producto), tienen unas altísimas propiedades antioxidantes, junto con la cúrcuma (especia), el jengibre, y el té verde. El café también es un gran antioxidante siempre y cuando no sean más de dos tazas al día y haciendo la salvedad que, algunas personas son sensibles a la cafeína y simplemente no la toleran.
Otra amenaza contra la protección de nuestras células cerebrales y el sostenimiento de un desempeño cerebral óptimo es la inflamación o los procesos inflamatorios (entiéndase este término NO en su concepto tradicional sino, en la actualidad científica, como una serie de condiciones humanas que incluyen la enfermedad cardíaca, la diabetes, la obesidad, y las condiciones psiquiátricas) son promovidos por una falta de antioxidantes en nuestra dieta y un exceso de grasas saturadas, grasas trans, azúcares y carbohidratos simples (por ejemplo, azúcar refinada, arroz blanco, harina de trigo, cereales de caja, etc.) y omega 6 (presente por ejemplo en los aceites de maíz, girasol y soya).
El estrés oxidativo y la inflamación contribuyen a la evolución de condiciones relacionadas con el cerebro. La buena noticia es que el cuerpo humano puede extinguir los radicales libres y la inflamación por medio de la alimentación.
Una dieta colorida con vegetales, frutas, granos enteros, y omega 3 nos suministran abundantes antioxidantes y grasas “buenas” que apagan las llamas de la inflamación. Métodos de cocción diferentes a freír los alimentos son los más sanos. Evitar los alimentos muy procesados o llenos de endulzantes nos ayudan a mantener a raya el desenvolvimiento de procesos químicos indeseables en nuestro organismo. No olvide incluir en su dieta hierbas y especias como la canela, la cúrcuma, el jengibre, y un par de tazas de café o té verde, todos guardianes de nuestras células cerebrales.

Virginia Rojas Albrieux